Anochece en la ciudad de Jerusalén, Los mercaderes cierran sus puestos y se dirigen desordenadamente, temerosos, a sus casas. Las flechas llameantes sobrevuelan el cielgo negro, impactando en los pechos de hombres, mujeres y niños inocentes. Afuera, el ejército enemigo situa la ciudad esperando, paciente, a que sus poderosas armas consigan traspasarla. La puerta permanece en pie, inalterable ante los charcos de sangre y dolor que impregnan todas las calles de un aroma acre. Muerte líquida, cultura viva.
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